STORYTELLING SENA 45 MIN
Título: Raíces que enseñan
Esa noche el frío no dejaba dormir.
El viento se colaba por las rendijas de la casa y hacía crujir las láminas del techo.
Camila estaba despierta, envuelta en una cobija delgada, escuchando sus propios dientes castañear.
No era solo el frío.
Era la preocupación.
Había visto a su papá contar el dinero una y otra vez esa tarde… y no alcanzaba.
Cerró los ojos, pero su mente no descansaba.
¿Siempre iba a ser así?
A la mañana siguiente, el frío seguía pegado a la piel. Caminó descalza por la tierra húmeda, sintiendo cada paso.
Entonces los vio.
Un grupo de personas reunidas en la vereda. Voces diferentes. Palabras que no eran de siempre.
—SENA… CAMPESENA… oportunidades…
Camila se quedó quieta.
Escuchando.
Sin acercarse.
Pasaron días. Pero esas palabras no se fueron.
Una tarde, sin avisar, fue.
El lugar estaba lleno.
Se quedó atrás, en silencio. Sus manos sudaban aunque el clima era frío.
Escuchaba…
“Mejorar la producción”
“nuevas técnicas”
“aprovechar la tierra”
No entendía todo, pero algo dentro de ella decía que eso era importante.
Decidió intentarlo.
Los primeros días fueron incómodos. Dudaba, se equivocaba, se sentía menos que los demás.
Aun así, seguía yendo.
Hasta que empezó a intentar aplicar lo aprendido en su casa.
—“Eso no sirve”— le dijeron.
—“Siempre lo hemos hecho así”— insistieron.
El peso de esas palabras se le quedó encima.
Y entonces llegó el golpe.
Una mala cosecha.
Silencio en la mesa. Miradas preocupadas. Nadie hablaba, pero todo se sentía.
Esa noche, el frío volvió.
Más fuerte.
Camila estaba sentada, mirando la oscuridad. El viento golpeaba duro. Su respiración era pesada.
Por un momento… quiso rendirse.
Pero algo cambió.
No fue un discurso.
No fue alguien más.
Fue ella.
Al amanecer, salió sola.
El aire seguía frío, pero esta vez no se detuvo.
Tomó una parte del terreno.
Pequeña.
Y empezó.
Sus manos estaban firmes ahora. Cada movimiento tenía intención. Cada decisión, aprendizaje.
Los días pasaron lentos…
demasiado lentos.
Hasta que un detalle rompió todo.
Una planta.
Más verde.
Más fuerte.
Luego otra.
Y otra.
Su familia lo notó.
Los vecinos empezaron a mirar diferente.
Pero Camila no celebró.
Solo observaba.
En la última escena, está de pie frente al cultivo. El sol apenas comienza a salir.
El mismo lugar.
La misma tierra.
Pero ella… ya no es la misma.
El viento pasa suave.
Ya no corta la piel.
Camila respira profundo.
Y por primera vez…
no tiene miedo de lo que viene.
Pero tampoco sabe qué será.
Y ahí…
todo apenas comienza.
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