STORYTELLING
Mi historia es un ejemplo de cómo los retos, la inseguridad y los sueños pueden transformar a una persona.
A través de este storytelling contaré el camino que recorrí desde mi infancia hasta alcanzar uno de mis sueños más grandes.
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¿Alguna vez has sentido que el mundo gira alrededor de ti… hasta que un golpe de realidad te enseña lo contrario? Yo también lo creí. Y esta… es mi historia.
Crecí en un barrio humilde, rodeada de gente unida y trabajadora. Era deportista, artista, estudiante. Pensaba que nada podía afectarme… hasta que una lesión a los once años me obligó a dejar el deporte. Ese día entendí que la vida no siempre se dobla a tu voluntad. Mi familia fue mi refugio: mis abuelos, mis tíos y mi mamá, una mujer que me levantó sola, con amor y disciplina. Tenía lo que muchos niños no tenían… pero aun así nadie quería jugar conmigo. Gafas, brackets, muy delgada… y un silencio que empezó a acompañarme todos los días. Me refugié en los libros, en el anime, en mundos donde nadie me juzgaba.
A los doce, mi cuerpo cambió sin avisar: pasé de ser la niña flaquita a subir de peso rápidamente. La gente no lo vio como un proceso natural… lo vio como un blanco fácil. Lo que antes era silencio se transformó en burlas, miradas, risas escondidas. Ahí entendí lo que parecía imposible: puedes cambiar de cuerpo… y el mundo igual encuentra una excusa para herirte. Yo pensé que el problema era cómo me veía. No lo sabía entonces, pero el conflicto real era mucho más profundo: yo no necesitaba que me aceptaran… necesitaba aprender a aceptarme.
Entonces aparecieron los Scouts. Entré a los 12 años sin entenderlo, como quien cruza una puerta sin imaginar que acaba de entrar a una escuela de vida. En la tropa aprendí lo básico: obedecer, escuchar, respetar. Las pruebas de aire me golpeaban: cada salto, cada cuerda, cada obstáculo terminaba con raspones. A veces sangraba… y seguía, porque nadie esperaba que me rindiera. Las pruebas de arrastre eran peores: barro, pasto húmedo, olores indescriptibles. Pero ahí comprendí algo clave: la confianza no se declara… se construye. Y cada vez que una mano me ayudaba a levantarme, la mía temblaba un poco menos.
Como caminante el reto cambió. Ya no era solo resistir, era convivir, cuidar, liderar. Las fogatas fueron mi espejo: cantábamos, debatíamos, compartíamos secretos… y yo comenzaba a descubrir quién era. La comida era mi talón de Aquiles. A veces llevaba mi propia comida escondida. La comía rápido, a solas, porque un scout comparte, y si alguien me veía, tenía que partir mi tesoro en dos. No eran solo galletas o frutas… era mi refugio. Y aun así, aprendí a darlo. Los Scouts no me enseñaron a ser fuerte físicamente. Me enseñaron a ser fuerte cuando me sentía débil. A confiar en un equipo… cuando no confiaba en mí misma.
A los 15 me postulé para un encuentro mundial. Las probabilidades eran mínimas… pero la esperanza era enorme. Durante la entrevista dije algo que no olvido: “Si me eligen, regresaré con una sonrisa… y una historia para contar.” Y lo cumplí.
Viajé al Jamboree Mundial de Corea 2023. Cuando subí al avión, sentí que mi vida se partía en antes y después. Era tan grande que parecía una ciudad flotante. Dormía, despertaba, comía… pero no podía descansar: la emoción me quemaba el pecho. Llegamos a Incheon. Todo era inmenso: edificios, pantallas, botones. La ciudad se movía como un videojuego futurista. Hasta que llegó la realidad del campamento. El calor era brutal. Nos hidratábamos con suero, agua… y voluntad. Nadie nos obligaba a participar… pero nosotros queríamos vivirlo todo.
Así empezamos a hacer amigos. Sonrisas, banderas, parches, pulseras, acentos, risas… intercambiábamos historias, recuerdos… y pedazos de nosotros mismos. La comida fue otro mundo: Japón me ofreció una mezcla dulce-salada. Probé con respeto… y salí corriendo a vomitar. China me dio leche con gelatina. Sonreí, agradecí y respondí: “Soy intolerante a la lactosa.” No lo probé. Pero luego llegaron sabores que sí me abrazaron: Malasia me enseñó platos con atún y champiñones —aún recuerdo el calor humano. Egipto me dio fríjoles y agua de jamaica caliente, como un café rojo que te recorre el pecho. Las chicas egipcias me regalaron una manilla solo por sentarme a escuchar.
Y entonces llegó el tifón. Nos evacuaron y pasamos a una universidad. Instalaciones enormes, limpias, silenciosas. La comida era simple, sin sabor… pero la gente era tan amable que no importaba. A veces el corazón se alimenta más de un gesto que de un plato. Antes de llegar allí nos perdimos. Terminamos en otra universidad. Las personas nos dieron comida para el trayecto: dulces, panecillos, galletas… Yo tenía hambre y ellos sonreían. No hablábamos el mismo idioma, pero la amabilidad es universal.
El cierre del evento fue en un estadio. Ahí conocimos diferentes bandas de K-pop. Las luces, la música, la multitud… era un sueño hecho realidad. Recibimos regalos del presidente y del alcalde. Ese momento no lo viví: lo absorbí. Y comprendí lo que significa pertenecer. El mar no era claro, pero fue divertido. Jugábamos con chicos de Corea, nos reíamos sin traducir nada. Cuando el idioma no alcanza, la alegría se entiende sola.
Y ahí, en medio del ruido, la música y las luces, llegó mi punto de ruptura real:
me di cuenta de que llevaba años escondiéndome.
No era el bullying. No era mi cuerpo. No eran mis gafas ni mis brackets ni mis kilos de más.
Era yo.
No necesitaba que el mundo me aceptara…
necesitaba aprender a aceptarme.
Ese día tomé una decisión:
“Voy a mirar a la gente, no solo a mis libros.”
Volví a casa con recuerdos, regalos y cicatrices suaves en brazos y piernas. Pero lo más importante no fue lo que traje en la maleta… sino lo que traje en la mente. Ya no era la niña que se escondía detrás de sus gafas. Ya no era la adolescente que odiaba su cuerpo cuando subió de peso.
Hoy, a los 18, soy una joven segura, auténtica… y hermosa.
Porque entendí que mi valor no está en cómo me veo, sino en cómo camino el mundo.
Mi historia apenas comienza. Y si tú también tienes un sueño, no lo guardes: dibújalo, créelo… y atrévete a vivirlo. Porque lo imposible… solo es imposible hasta que alguien se atreve.
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Hoy entiendo que cada obstáculo fue una lección disfrazada.
No me definieron los rechazos ni los miedos, sino la manera en la que decidí enfrentarlos.
Mi historia aún se está escribiendo, pero ahora la escribo con propósito, con confianza y con la certeza de que los sueños valen la pena.
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